Medellín, 4 de diciembre de 2019
Querida Helena:
Ha pasado un año desde mi última carta… ¡todo un año!… y las cosas siguen igual.
Sé que esperará pacientemente hasta el final para conocer aquello que sí ha cambiado y que yo, aparentemente, pongo en segundo plano, así que no trataré de ocultar que, en medio de todo lo que parece inmóvil, yo misma soy otra, una muy distinta. Aún aceptando eso, es verdad que muchas cosas siguen igual: como ve, otra vez escribo desde Medellín y otra vez tendré que decirle que no iré a Suiza el próximo año. Me cito: “Mis deseos de ir a Suiza siguen en pie. No será el próximo año, no, ya sabe lo mucho que me cuesta moverme”. No he dejado de anhelar su rebeldía, su arrojo, pero esta vez los motivos del no-viaje son otros: ha sido difícil para mí, Helena, moverme de aquí porque hay unas condiciones prácticas que me impiden hacer mi santa voluntad, que me sobrepasan, y que, por otro lado, me hacen sentir más cerca de usted, aunque en nada se parezcan nuestras biografías.
He estado leyendo a una mujer que conoció bien: Victoria Ocampo, esa argentina interesantísima. Como recordará, la primera serie de sus Testimonios se inaugura con una carta magistral a su también amiga literaria Virginia Woolf. Leerla me antojó de escribirle, Helena, no solo porque se trate precisamente de una comunicación epistolar, sino porque quiero comentarle una idea de Ocampo que entra en relación con esas condiciones prácticas de las que le hablo.
No solo soy una mujer, Helena, también soy joven. No solo soy una mujer joven, Helena, soy colombiana. No solo soy una mujer joven colombiana, Helena, también he nacido pobre. ¿Entiende a qué me refiero cuando hablo de condiciones prácticas?
Imagino su sonrisa: ¿cómo es que una carta de Ocampo a Woolf me hizo pensar en algo que tiene que ver con esta última condición? Ambas sabemos que ellas escribieron desde un entorno protegido y que sus luchas por la reivindicación de la mujer como sujeto de escritura usando sus palabras, Helena las batallaron desde esa posición. Pero es que hay una idea hermosa y potente ¡muy potente! que no solo me ilusiona con la comprensión de mi condición sino que me da esperanzas. Es poco probable que Ocampo se haya sentido limitada por razones prácticas como las mías, pero sí por intentar abrirse camino en el mundo de las letras en una época y sociedad hostiles para este tipo de intereses si provenían de una mente femenina.
Imagine la escena que sugiere Ocampo en el párrafo que en el libro antecede la carta*: un salón muy inglés, con una luz y tibieza protectoras, cruje la chimenea al fondo y el té está puesto en su sitio. Dos mujeres se miran, la una muy anglosajona, la otra “latina y de América”. Hablan y, sin importar todas las ideas magníficas que corran con el tarde y los aperitivos, será la más rica, Woolf, la única que capture para sí la riqueza del momento: “todo es riqueza en los ricos y pobreza en los pobres”, dice Ocampo. Solo Woolf, “que ha alcanzado magníficamente la expresión porque ha conseguido alcanzarse”, obtendrá el botín del encuentro: “su cosecha de imágenes”, como lo dice bellamente la argentina.
Hasta ahí parece todo perdido (incluida yo, pues no voy al punto). Si poseer el tesoro, si haberse hallado, como cree Ocampo que ha hecho Woolf, es prerrequisito para alcanzar las otras riquezas del mundo, no parecería haber mucha esperanza para quienes apenas emprendemos esa búsqueda. Sin embargo, Ocampo da vuelta a la situación y, al hacerlo, pone en palabras una intuición que he llevado en las entrañas toda mi vida: “hay una riqueza nacida de la pobreza: el hambre”. Hambre de encontrar esa llave que supo usted encontrar (dice Ocampo a Woolf y se lo digo yo a usted, Helena), “y sin la cual jamás entramos en posesión de nuestro propio tesoro”.
“¡Qué rica era yo, no obstante!” -dice Ocampo- (…) “rica de mi pobreza, esto es: de mi hambre”. Yo también estoy hambrienta, Helena. Tengo hambre de mundo, pero también tengo hambre de hallarme en la escritura. Esa es mi riqueza y, en este momento, mi consuelo.
No la veré en Lausana el próximo año, otra vez me perderé sus correrías por librerías y bibliotecas. No podré emprender ese viaje del que esperaba tanto y que veía, también, como un impulso para afinar la búsqueda de ese tesoro que, como dice Ocampo, así llevemos durante toda la vida colgado al cuello, de nada puede servirnos si no lo encontramos por nosotros mismos. No la veré este año, Helena. Pero no me siento vencida. Esta vez fue solo un asunto práctico el que me impidió ir a verla... sigo en la misma casa, en la misma ciudad, pero estoy en un lugar muy distinto al de la última vez. No poder atravesar el Atlántico solo ha acrecentado mi hambre. Y recuerde, ¡ahí está mi riqueza!
Camila
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*"Tavistock Square, este mes de noviembre. Una puerta pequeña, en verde oscuro, muy inglesa, con su número bien plantado en el centro. Afuera, toda la niebla de Londres. Dentro, allá arriba, en la luz y la tibieza de un living-room, de paneles pintados por una mujer, otras dos mujeres hablan de las mujeres. Se examina, se interrogan. Curiosa, la una; la otra, encantada. Una de ellas ha alcanzado la expresión porque ha conseguido, magníficamente, alcanzarse; la otra lo ha intentado perezosamente, débilmente, pero algo en sí misma viene impidiéndoselo, precisamente porque, no habiéndose alcanzado, no ha podido ir más allá. Estas dos mujeres se miran. Las dos miradas son diferentes. La una parece decir: "He aquí un libro de imágenes exóticas que hojear". La otra: "¿En qué página de esta mágina historia encontraré la descripción del lugar en que está oculta la llave del tesoro?". Pero de estas dos mujeres, nacidas en medios y climas distintos, anglosajona la una, la otra latina y de América, la una adosada a una formidable tradición, y la otra adosada al vacío ("au risque de tomber pendant l'éternité"), es la más rica la que saldrá enriquecida por el encuentro. La más rica habrá inmediatamente recogido su cosecha de imágenes. La más pobre no habrá encontrado la llave del tesoro".
Victoria Ocampo. Testimonios. Primera serie (1920-1934). 2da Edición. Buenos Aires: Ediciones Fundación Sur, 1981. "Carta a Virginia Woolf": pp. 7-14