Confesiones de la Peregrina

Confesiones de la Peregrina

Uno: Libre-ra

 

La importancia de la primera palabra

He pensado mucho en la manera en la que quiero inaugurar este blog. La primera palabra es siempre importante.

Si poner la palabra es poner el cuerpo, la primera palabra es la llegada del cuerpo a un espacio: asomar una extremidad y, también, mostrar un poco de piel.

Este blog es importante porque es una forma de decir que seguimos (esta voz colectiva es la voz de Peregrina) poniendo el cuerpo, y, de esa manera, seguimos inventando un lugar en este ecosistema.

Para encontrar un lugar hay que crearlo: parece un juego, ¿no? Es así: armar la casa que luego habitaremos. Así: inventar y luego resistir. En cualquier caso, siempre fue primero la palabra: como un verso que se repite insistentemente y luego sale para hacerse cuerpo en otro cuerpo.

Peregrina fue un sueño y ahora es casa, también verso.

La piel del oficio

La primera palabra que Peregrina me regaló fue librera. Un vestido que luego quise hacer más chico, una manta que debí acortar para probar otras formas de cubrirme, pero que luego se convirtió en parte de la piel que soy.

Los oficios se vuelven eso: una piel, la membrana que nos separa y también nos conecta (en resonancia con la afectividad ambiental de Omar Giraldo e Ingrid Toro), como toda categoría con la que nos identifiquemos. Un punto de vista, un lugar desde el que se mira y se crea.

Hay que esforzarse por salir de esa piel de vez en cuando para luego sentir de nuevo el placer de portarla, para reconocer también que ese órgano, el más extenso del cuerpo, puede acoger otras formas: identidades que se crean y recrean.

La memoria del primer sueño

El año pasado, después de creer que esa primera palabra había abandonado para siempre el color de mi piel, volvió a mí con una contundencia que sigue haciendo resonancia.

Recordé mi primer año llamándome librera, recordé los sueños de ese momento, mi encuentro (piel a piel) con cientos de libros que empezaron a llegar a mi casa. Estábamos en una pandemia y, desde un mezanine en el que abría las cajas que me mandaban colegas de distintos lugares del país, soñaba con una casa que llenaría de libros.

Me recuerdo hablando por teléfono con personas amadas: “… esa, esa, la casa por la que pasamos hace unos meses, la del patio interno y fachada verde, así me imagino la Casa Peregrina”.

Pensaba en las estanterías como las columnas que sostendrían un proyecto cultural amplio: “será una editorial, un taller, una escuela, una comunidad”. Todavía no existían sueños que emergieron luego, porque los sueños se afinan cuando se sueña en colectivo, pero sí unos que con el tiempo fueron aparentemente olvidados.

Como semillas que caen en el camino y deben esperar pacientes a que existan las condiciones precisas para germinar.

La escuela de libreras: una comunidad en expansión

La semilla de un proyecto colectivo

Unos meses después de que una pequeña caja de libros y una cuenta de Instagram me empezaran a hacer librera, fue editado en España un libro que mis colegas investigadoras referenciaron en un proyecto que estábamos llevando a cabo: Libres y libreras, mujeres del libro en Londres, de Yolanda Morató (El Paseo Editorial).

Ya en ese momento había sido publicado en Colombia Ellas editan, de Margarita Valencia y Paula Andrea Marín, una serie de testimonios de editoras colombianas que puso de manifiesto el papel protagónico de las mujeres en el sector del libro en Colombia.

Algo así hace el libro de Morató al recordar esas librerías londinenses que fueron cruciales en importantes movilizaciones culturales y políticas, y que fueron creadas y dinamizadas por mujeres (varias veces de manera colectiva).

Por esos días, mientras entrevistábamos a libreras y libreros para esa investigación que luego fue libro, anoté en uno de mis cuadernos: una escuela de libreras, libres y libreras. Ese sueño volvió a mi cuerpo (tal vez nunca lo abandonó, eso no lo sé) y, como ocurre cuando volvemos a ver a una persona que dejamos de ver por mucho tiempo, me encontró siendo otra.

El brote del sueño

La idea era consolidar un pequeño grupo. Eso le dije a Lis el día que llegó a mi casa en la montaña para retomar las tareas libreras. Mucho había cambiado. La librería seguía viva, pero estaba en un proceso de transformación contundente.

Un amigo me recomendó muchas veces que hiciera lo posible por crear una estructura que separara el cuerpo de la librería de mi propio cuerpo, pero hasta este momento no he logrado hacerlo del todo (tal vez ahora esté más cerca o tal vez eso no sea posible).

Esa recomendación lúcida desde una perspectiva estratégica, le hubiera evitado al proyecto el sometimiento a mis metamorfosis (que han sido muchas en los últimos años), el vértigo de morir a una identidad y no saber muy bien qué-es-lo-que-se-es. Pero a veces me pregunto si el brillo que ahora encuentro cuando miro para atrás se hubiera hecho más tenue sin los viajes al inframundo a los que invité a Peregrina.

Volviendo a la metáfora de la membrana, nos permitimos ir y volver sin piel varias veces, para comprobar que era una depuración necesaria en preparación de ese ser múltiple que somos: la colcha de retazos que ya estaba en una boca que hablaba de deseos desde un mezanine en tiempos de encierro.

En el 2024 nació Libres y libreras, una escuela virtual en la que participaron 25 mujeres de distintos lugares de Colombia y Suramérica. Nos reunimos cada semana durante tres meses y medio. Leímos, discutimos y compartimos saberes relacionados con los ecosistemas del libro y lectura. También creamos lazos, afectos, compartimos sueños personales y comunes.

Fue el brote de esa semilla que esperó paciente.

 

El futuro de nuestra escuela

Ahora somos colectiva

Este año la escuela cambiará un poco de modalidad (pueden ver aquí la convocatoria, será abierta y presencial en Medellín) y Libres y Libreras se convertirá en una colectiva.

Ahora que afinamos sueños en conjunto, hemos decidido abrir esta colectividad a cuatro personas más para seguir inventado la casa que nos resguarda: la concha de la caracola que nos permitirá seguir explorando formas de ser esto que somos. Porque, como lo dice nuestro manifiesto, en últimas (es decir, en profundidad) lo que motiva esta búsqueda, desdeconhacia e incluso (a veces) en contra, de los libros es la búsqueda del buen vivir, ese que se convierte en poética, pero también en manifiesto.

 La convocatoria estará abierta hasta el 13 de febrero.

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Recuerden pasar por nuestra tienda virtual y escribirnos cuando necesiten algún libro en particular.

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